¿Quién es Ruskus?

Te cuento de dónde vengo en diez puntos

Dibujo de Ruskus Patruskus, el Trenet Xumet y un títere

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Aunque mucha gente me dice Ruskus, en realidad no me llamo así. Mi nombre real es Leo Kálnay.

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Mi padre era físico y mi madre matemática. Creo que de aquí me viene la fascinación por la ciencia y la tecnología.

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De pequeño, en mi familia se mezclaban muchos países: mi madre era catalana; mi padre, argentino; los abuelos de Cataluña, Hungría y Polonia; mi hermano nació en Brasil, yo mismo en Perú, y vivíamos en Venezuela.

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A los 24 años me establecí en Catalunya y conocí una chica fantástica, Sagra. Actualmente vivimos en Hostalric con nuestros dos hijos, Júlia y Pau.

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Las dos cosas que más quiero del mundo son mi familia y mi oficio. No podría vivir haciendo un trabajo que no me gustara a cambio de una nómina.

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También le tengo cariño al catalán, y me preocupa ver que cada vez se habla menos entre los niños y jóvenes.

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Quiero que Cataluña sea pronto una república independiente y avanzada. Cuando vamos todos a una somos invencibles, como los galos de Astérix.

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Me estimula la gente que lucha y se arriesga para conseguir sus sueños, y que utiliza la imaginación para crear con ilusión.

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Pienso que si tuviéramos interiorizado que cuando nos morimos no nos llevamos nada, viviríamos de manera muy diferente.

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Cuando era pequeño soñaba que de mayor sería inventor, constructor de coches, agente secreto y conductor de autobuses, entre mil cosas más… ¡pero nunca que sería payaso!

Leo con Júlia y Pau antes de una función

Por qué soy payaso

Cuando tenía veinte años me enamoré del teatro, y decidí que sería actor. Estudié arte dramático, y durante un tiempo fui haciendo esporádicamente algún que otro personaje.

Llegó un momento en que me sentí estancado: no me acababa de sentir cómodo haciendo de actor. Encima, necesitaba dinero, y con el teatro no ganaba nada. Sagra me echó una mano, y ambos comenzamos a hacer animaciones infantiles disfrazados de payasos.

Aunque no teníamos ni idea del oficio, me di cuenta de que disfrutaba mucho más con eso que haciendo teatro. Además, por primera vez ganaba dinero con un trabajo creativo y divertido. ¿Qué más podía pedir?

Empecé a investigar y aprender sobre clown, circo, magia y títeres. En el año 2000 tuve una experiencia muy enriquecedora con Payasos sin Fronteras en Guatemala y Kosovo, y me di cuenta del enorme potencial del arte del payaso.

Algo hizo «clic» dentro de mí, y decidí cambiar de sueño. Ya no sería actor: ¡sería payaso! Pero tenía muy poca experiencia, me sentía muy inseguro y no sabía por dónde empezar.

Con la cabeza llena de fantasías me fui a Madrid. Allí tuve un golpe de suerte, y una compañía que hacía espectáculos en inglés en las escuelas me dio trabajo. Gracias a ello, por primera vez pude llevar a la práctica muchas ideas que tenía en la cabeza, y fui cogiendo confianza en mí mismo; empezé a esbozar mi personaje y mi primer espectáculo.

De vuelta a Cataluña, actué en la calle durante un tiempo, hasta que me sentí lo suficientemente valiente como para dedicarse profesionalmente a este oficio. Ya lo tenía todo: un mínimo de experiencia, un personaje y un primer espectáculo. Incluso me había dado de alta en Hacienda y la Seguridad Social.

Sólo me faltaba una cosa: un nombre artístico. Ninguno me gustaba, hasta que un día, en un arrebato de inspiración, la Sagra dijo:

─Ruskus Patruskus.

Y así, desde 2002 hasta el día de hoy.

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